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La presencia del hombre en la Mancomunidad Alto Jarama-Atazar se remonta al Paleolítico, se extiende por el Neolítico y se prolonga sin interrupción, aunque con períodos de baja ocupación, hasta la actualidad.
 
En los abrigos rocosos de origen calcáreo de los términos de Patones, El Vellón, Torremocha de Jarama y Redueña se han encontrado yacimientos Paleolíticos y Neolíticos que incluyen pinturas rupestres, útiles y restos de fauna y flora, como en la Cueva del Reguerillo y del Aire, en Patones, declaradas Bien de Interés Cultural (BIC), si bien no están habilitadas para su visita, o como los recursos arqueológicos de El Vellón, que aseguran la existencia de pinturas prehistóricas aún sin darse a conocer.
 
Las tribus Celtíberas denominadas Carpetanos y Vettones, que ocuparon con un sistema de poblamiento disperso, dieron paso a un amplio período de presencia romana. Tras la conquista de Toledo por el general Marco Fulvio Novilior en 192 a.c., llegaron los romanos y durante su prolongada presencia, la comarca fue espacio fronterizo de las provincias: Bética, Cartaginense y Tarraconense. En este tiempo se desarrolló la agricultura en las zonas de vega del Jarama, quedando numerosos vestigios en Torremocha de Jarama o Patones.
 
La caída del imperio romano dio paso a la ocupación visigoda, patente junto a El Espartal en el conocido Cerro de las Losas, donde ha sido estudiada una interesante necrópolis visigoda datada del siglo VII, y en los restos visigóticos de la iglesia de Redueña. Posteriormente con la llegada de los árabes y la ocupación cristiana forjarán las bases del territorio tal y como hoy lo conocemos. Durante buena parte de la presencia musulmana, el valle del Jarama desarrolló funciones de espacio de frontera, de tierra de nadie, con una población de baja densidad que apenas permitió el desarrollo de la agricultura y la ganadería. De este período histórico quedan vestigios someros como las atalayas de El Vellón (BIC) o la de Torremocha de Jarama, “El Torreotón”, que formaban parte de la extensa red defensiva del antiguo Reino Musulmán de Toledo, fechadas en el siglo IX, para la vigilancia de la Marca Media, y además algunas técnicas e instrumentos de cultivo, restos de infraestructuras de riego (albercas), y numerosos vocablos y toponimias como el nombre del pueblo de El Atazar de origen árabe (Latazar).
 
A finales del siglo XI, tras la conquista de Toledo por Alfonso VI de Castilla, el territorio es repoblado por gentes segovianas que crean asentamientos permanentes de pequeño tamaño dedicados a la ganadería y la agricultura. Entre los siglos XII y XIII se detecta la presencia de monjes cistercienses en nuestras tierras cercanas a la vega del Jarama.
 
 
 
 
Durante la edad moderna se consolida el asentamiento, crece la población, se extienden la agricultura, las actividades ganaderas y de explotación de los recursos forestales y deja su huella el Arzobispo de Toledo, Don Fray Francisco Jiménez de Cisneros, mediante la construcción de la galería renacentista de San Pedro en Torremocha de Jarama (BIC), además del caserío de la Aldehuela en El Vellón (antigua explotación agropecuaria que proveía de pan y vino a la Universidad de Alcalá de Henares), o las Ordenanzas sobre el uso de la Vega del Jarama.
 
El territorio de la actual Mancomunidad Alto Jarama-Atazar continúa dentro del régimen señorial, con diversos cambios jurisdiccionales hasta 1812, cuando la Constitución de Cádiz certifica la defunción del Antiguo Régimen. Desde entonces hasta nuestros días, y al margen de los impactos generados por la ocupación napoleónica y la guerra civil española, destacan seis acontecimientos históricos: la desamortización de Mendizábal en 1836, que supuso la privatización de superficie antes propiedad de la iglesia, la desaparición de la Mesta, la desaparición de los Comunes de Villa y Tierra y la posterior desamortización de Madoz que afectó a los bienes comunales, la construcción del canal de Cabarrús a finales del siglo XVIII y, por último, la construcción de las primeras infraestructuras del Canal de Isabel II en la segunda mitad del siglo XIX, acontecimiento que ha impreso una profunda huella en el paisaje.