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Cualquier época del año es recomendable para aproximarse, de manera pausada, a la vida rural de la Mancomunidad, porque en cada estación los ciclos y ritmos vitales naturales y humanos varían. Durante siglos, el modo de vida de la población local se sustentó en la cría de ovejas y cabras, la agricultura y el aprovechamiento de bosques y montes. Hoy perviven numerosas costumbres, hábitos y formas de vida tradicionales asociadas a estas actividades tradicionales y, a la vez, se desarrollan otras de carácter innovador.

El Atazar es un pueblo pequeño con un núcleo de edificios compacto, trama viaria estrecha e irregular y viviendas de muros de sillarejo de pizarra, estructuras de madera, tejados a dos vertientes y tejas árabes.

Las viviendas de Torremocha de Jarama y de su barrio de “La Cerrada” responden a modelos de colonización de los siglos XVIII, XIX y XX y, aunque no existe un modelo único de vivienda, los materiales utilizados (ladrillo, adobe y muros de mampostería caliza), las estructuras de madera, los tejados a dos aguas, la teja árabe y la presencia de corrales, cuadras, pajares y graneros junto a la vivienda son características extendidas. Otra de las estructuras anexas a las viviendas son los Cocederos de Vino, lugar donde fermenta el vino en el proceso tradicional de elaboración, que se ciñe a una producción y consumo familiar. Torremocha de Jarama aporta otra singularidad al territorio porque es uno de los municipios madrileños con mayor superficie dedicada a cultivos ecológicos.

El núcleo de Patones de Arriba, de pequeñas dimensiones, emplazado en ladera y orientado al mediodía, aglutina un parque de viviendas abigarrado de gran valor cultural y estético. Declarado Bien de Interés Cultural por la Comunidad de Madrid en 1999, es uno de los mejores ejemplos de arquitectura vernácula serrana madrileña. En sus calles, empedradas, abundan rincones de sabor popular de edificios con fachadas de mampostería de pizarra, escasos vanos, estructuras en madera, tejados a dos aguas con tejas árabes y hornos de pan adosados. 

La ganadería ovina y caprina, además de abastecer con productos de calidad a los fogones de los restaurantes locales, ha modelado un amplio paisaje de pastos salpicados de refugios para los pastores y  el ganado, como los “Tinados” y “arrenes” de Patones de Arriba y de El Atazar.

En estos dos municipios encontramos las “eras”, bancales enlosados con pizarras y cuarcitas, formando figura circulares geométricas, siendo lugares destinados a las labores de trilla y obtención del cereal, con la ayuda del trillo y animales de tiro. Las de El Atazar se sitúan al norte de la población y se remontan al siglo XVII, mientras que las de Patones de Arriba ascienden escalonadamente por el cerro en el que se asienta la población.

La vida rural se extiende más allá de los núcleos de población hacia los campos de cultivo y a través de una densa red de caminos y vías pecuarias. Del rico y variado paisaje agrario sobresalen las zonas de vega, a lo largo del río Jarama en el entorno de Patones y de Torremocha, municipios que conservan viejos olivares en laderas de suaves pendientes.

Una actividad tradicional perdida en los pueblos de Redueña y El Vellón, fue la extracción de piedra caliza, yeso blando y cal. Las canteras de Redueña, llegaron a tener tal prestigio, que fueron utilizadas para la construcción de partes de la Fuente de la Cibeles y la Fuente de Apolo en pleno Paseo del Prado de Madrid. 

 La comarca acoge a numerosos artesanos que producen y comercializan sus productos en las instalaciones de Torrearte, en Torremocha de Jarama, junto al museo de la agricultura y en la tienda artesanal “De Arrén” en la Plaza del Comercio en el pueblo y los fines de semana en el Centro Artesanal de Patones de Arriba.